El doctor en historia del arte, José Antonio González Zarandona, presenta su libro Murujuga. Rock Art, Heritage and Landscape Iconoclasm, donde analiza el pasado y el presente del asentamiento arqueológico más grande del mundo ubicado en Australia.
A casi un año de que el asentamiento arqueológico más grande del mundo, Murujuga, fuera inscrito en la lista tentativa del Patrimonio de la Humanidad, el investigador mexicano José Antonio González Zarandona presenta su libro Murujuga. Rock Art, Heritage and Landscape Iconoclasm, un análisis profundo para ayudar a comprender mejor la catástrofe cultural que ha enfrentado este sitio durante décadas.
“Murujuga” es el nombre aborigen tradicional del archipiélago de Dampier y sus alrededores. La palabra significa "hueso de la cadera que sobresale" y se refiere a la forma de la península de Burrup y el archipiélago de Dampier, en la región de Pilbara, en Australia Occidental.
En Murujuga se encuentra una de las colecciones de arte rupestre más grande y diversa del mundo. Se estima que ésta contiene más de un millón de petroglifos. Estas expresiones artísticas son un registro arqueológico invaluable del uso tradicional del área durante miles de años.
Puntos destacados:
- El libro es un análisis poscolonial de Murujuga y muestra la indiferencia que este sitio ha sufrido desde el siglo XVII hasta el presente.
- González Zarandona sostiene que la industria minera es parte del problema y de la solución.
- Hasta hace poco los australianos no valoraban el patrimonio indígena, simplemente porque no lo entendían.
Sin embargo, a pesar de la importancia histórica del sitio pocas son las acciones que se han emprendido para su conservación y ese es el punto de partida del historiador mexicano para realizar una investigación detallada que permita sentar las bases para diseñar estrategias más efectivas para conservar y proteger el patrimonio cultural de Australia.
Desde la década de 1960 los intereses mineros regionales han causado daños significativos a este sitio, destruyendo aproximadamente de entre un 5 a un 25 por ciento de los petroglifos en Murujuga, pero al mismo tiempo han permitido un importante desarrollo económico de la región.
Atraído por esta riqueza cultural y por la manera en que las autoridades australianas la han administrado, el doctor en Historia del Arte por la Universidad de Melbourne, José Antonio González Zarandona, llevó a cabo una investigación que hoy está plasmada en el libro Murujuga. Rock Art, Heritage and Landscape Iconoclasm, editado por la Universidad de Pennsylvania.

En este trabajo el historiador proporciona un análisis poscolonial completo de Murujuga, así como una descripción geográfica y arqueológica del sitio, su etnohistoria y su considerable importancia para los grupos indígenas, así como la indiferencia que este sitio ha sufrido desde el siglo XVII hasta el presente.
"Se espera que esta publicación erudita y extremadamente detallada ayude a proporcionar el ímpetu para la investigación y las pruebas necesarias para exigir una revisión del marco legislativo existente de la Ley del Patrimonio Aborigen de Australia Occidental de 1972 y sus procesos administrativos”, señala la revista Historic Environment.
Por su parte Jean Clottes, autor de World Rock Art, afirma que con este libro, “en su profundo y valioso análisis de la destrucción de los petroglifos y paisajes de Murujuga, José Antonio González Zarandona ayuda a comprender mejor una catástrofe cultural y, con suerte, a prevenir la iconoclasia del paisaje en el futuro".
Aún falta dimensionar el daño que la industria ha causado a Murujuga
Se estima que en Murujuga existen más de un millón de petroglifos con una extraordinaria diversidad de estilo, tema, modo de producción y repertorio estético. Entre las piezas se encuentran piedras verticales, trampas para peces, arreglos de piedra y estructuras domésticas. Algunos de estos elementos se cree que son lugares donde se realizaban ceremonias.
“En la década de los 60 hubo un reporte muy controversial donde se decía que este sitio arqueológico no tenía ningún significado, culturalmente hablando, y por lo tanto se le dio permiso a varias industrias de gas para establecerse”, detalla González Zarandona, aunque aclara que los trabajos de la industria minera no se desarrollan exactamente en el sitio arqueológico.
Sin embargo, el historiador también reconoce que la misma dinámica económica de la región, la presencia de trabajadores en horarios de 24/7 los 365 días del año, la construcción de oficinas, el paso de los trenes cargados de minerales y cuestiones por el estilo, ciertamente tiene un impacto en el sitio arqueológico, aunque es difícil de medir.

“Hace unos años se le pidió a la CSIRO, la organización científica de Australia, que monitoreara si realmente las emisiones de todas estas industrias estaban afectando la integridad de los grabados y se dijo, en su momento, que no había ningún problema, que no había ningún daño desde el punto de vista ambiental. Después se señaló que (la investigación) metodológicamente no estaba bien planeada, por lo tanto sí se puede hablar de que hay un daño”, puntualiza el historiador.
Organizaciones como el Fondo Mundial de Monumentos han catalogado en más de una ocasión a Murujuga como un patrimonio amenazado o en peligro de ser dañado. Ante esto González Zarandona puntualiza que Murujuga ya no está en esa lista de patrimonio amenazado, pero sí lo estuvo.
La destrucción y la conservación del arte son los dos lados de la misma moneda
“Durante los últimos 60 años la industria ha estado conviviendo en el mismo sitio con el patrimonio cultural, obviamente también lo ha amenazado, lo ha puesto en peligro y en algunos casos está destruido, pero al mismo tiempo son las compañías las que han financiado de alguna u otra manera todo lo que sabemos sobre el sitio”, argumenta González Zarandona.
Para el historiador mexicano la conservación que se requiere para este sitio arqueológico necesariamente va de la mano del desarrollo económico de la región y está sumamente ligado al apoyo que brindan las industrias para la investigación de sitios como Murujuga.
“Por poner un ejemplo, ellos (las empresas) crearon una cátedra de arte rupestre en la Universidad de Western Australia y un grupo de arqueólogos lleva mucho años estudiando los petroglifos de ese lugar y otras áreas que tienen que ver con el arte rupestre. Es como lo ponía el historiador del arte de la Universidad de Ginebra, Dario Gamboni: la destrucción y la conservación del arte son los dos lados de la misma moneda”.
“Entonces, al mismo tiempo que las industrias son las culpables de esta destrucción, también son parte de la solución. Tan es así que lo estamos viendo ahora que muchas de ellas han firmado acuerdos con la Murujuga Aboriginal Corporation, quien es la encargada de cuidar de los intereses de la de la comunidad local indígena”, señala el investigador.
Hasta hace poco los australianos no entendían ni valoraban el patrimonio indígena
Para González Zarandona es fundamental entender la expresión cultural del otro para entonces poder aquilatarla. De ahí que muchas expresiones culturales de los pueblos originarios de Australia hasta ahora no se les haya dado el valor histórico que tienen.
“Australia tuvo una idea de lo que era patrimonio, de lo que debía ser considerado como patrimonio de la humanidad y realmente no veían mucho hacia el patrimonio indígena, entre otras cosas porque no lo entendían. No había gente capaz de traducir todos esos significados que los aborígenes tienen en su arte sagrado, sobre sus sitios sagrados, y que pudieran ser comprendidos por la población australiana en general.
“Entonces para los australianos era más fácil, por ejemplo, entender porqué una casa victoriana del siglo XIX en Melbourne tiene mucho más valor estético, histórico, arquitectónico, que por ejemplo un sitio como Murujuga”, explica el historiador.
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