Puntos Destacados:
- Australia es el único país del mundo que rebautizó el Día Internacional contra la Discriminación Racial como Harmony Day.
- Artistas relegados por cantar en su lengua de origen, trabajadores migrantes ninguneados por su nivel de inglés, universidades que piden “corregir el acento” a sus académicos, son algunas de las experiencias de discriminación institucional que viven los migrantes en Australia.
- Un estudio de la organización Racism@Uni encuestó a más de 76,000 estudiantes y personal de 42 universidades australianas: más de ocho de cada diez personas de origen indígena, chino, de Oriente Medio y del noreste de Asia reportaron haber sufrido racismo en el ámbito académico.
A pesar de que el Día de la Armonía en Australia es celebrado en muchos entornos sociales, algunas personas de orígenes culturales diversos aseguran no sentirlo como una celebración.
Para las Naciones Unidas el 21 de marzo es el Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial, una fecha que nació en 1960 tras la masacre de Sharpeville, donde la policía del apartheid mató a 69 personas.
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Para Australia, desde 1999, es Harmony Day. Es el único país del mundo que decidió renombrarlo.
Claudia Alarcón, doctora en Psicología Social e investigadora en la Universidad de Sídney, asegura que el cambio de nombre no es un detalle menor: es una decisión política que revela cómo Australia “prefiere pensarse a sí misma”.

La especialista en salud indígena, cohesión social y discriminación racial en la Facultad de Medicina y Salud apunta que pasar de hablar de discriminación racial a hablar de multiculturalismo, "muestra un cambio en la manera en que los australianos van enfrentando esta diversidad, pero no necesariamente hacia un lugar más honesto”, dice durante el debate especial que SBS Spanish organizó en directo el sábado desde la playa de Bondi, en Sídney.
Muestra un cambio en la manera en que los australianos van enfrentando esta diversidad, pero no necesariamente hacia un lugar más honesto.Dra. Claudia Alarcón, Universidad de Sídney
Sandra Morales, fundadora de Heart Dancers y ganadora de la Medalla de Artes y Cultura 2025 de Nueva Gales del Sur, lleva más de una década trabajando con artistas de las Primeras Naciones y comunidades diversas. Cada 21 de marzo, su organización es una de las más convocadas para actuar en eventos del Harmony Day.
Y eso, asegura durante la conversación en vivo, es parte del problema: que la celebración tape la conversación. "La diversidad cultural la deberíamos celebrar todos los días", señala, "pero hablar de discriminación racial es algo que tenemos que hacer. Si lo seguimos poniendo bonito, hablando de armonía cuando todavía no ha existido una armonía social, no avanzamos".

Por su parte, Ricardo Ramírez, cofundador del grupo LGTBIQ+ Latinx Australia y coreógrafo que lleva la cultura latinoamericana al Mardi Gras cada año, construye comunidad desde una doble posición históricamente invisibilizada. Para él, el mayor riesgo no es el racismo de las generaciones mayores - "a mis abuelitas les cuesta entender ciertas cosas, no les voy a pedir mucho" - sino el que está volviendo entre los jóvenes.
Le preocupa, dice durante la conversación, que hoy haya chicos de dieciocho o diecinueve años "metidos de nuevo en esta supremacía blanca, masculina, misógina". "Creo que estamos yendo un poquito para atrás", advierte.

Racismo en las instituciones: universidades, escuelas y entornos de trabajo
Un estudio de la organización Racism@Uni encuestó a más de 76,000 estudiantes y personal de 42 universidades australianas: más de ocho de cada diez personas de origen indígena, chino, de Oriente Medio y del noreste de Asia reportaron haber sufrido racismo en el ámbito académico. Solo el 6% presentó una queja. Para la Dra. Alarcón, las cifras no sorprenden.
Las instituciones, explica, no crean las condiciones para que denunciar sea posible sin consecuencias: "Hay falta de confianza, miedo a las represalias y la sensación de que nada va a cambiar. Involucrarse en algo legal en este país es imposible para muchos. Realmente te cuesta la vida", indica, refiriéndose al alto coste de los servicios jurídicos.
Ella misma ha sufrido discriminación. En la universidad le han sugerido, en más de una ocasión, que debería adaptar su acento. "Imagínate qué es el acento australiano", responde con ironía: en la misma reunión donde se planteó esa pregunta, los académicos presentes la respondieron hablando en mil acentos distintos —de Irlanda, del Reino Unido, de Sudáfrica—. Que la institución lo ponga en cuestión, afrima, "dice mucho sobre sus propias prácticas discriminatorias".
En el mundo del arte, la discriminación adopta otra forma. Sandra Morales describe cómo los artistas multiculturales son sistemáticamente derivados a escenarios secundarios, y cómo, cuando acceden a espacios más grandes, las condiciones revelan los límites reales de esa apertura. "Me han dicho: '¿Le puedes pedir a este artista (de reggae) que no cante sobre derechos humanos?'", relata.
Su respuesta fue siempre la misma: si conoces la historia del reggae, sabes de qué habla. "No le puedo pedir a un salsero que cante en inglés".
En la construcción, la discriminación es aún más directa. Ramírez trabaja como reclutador en ese sector y ha tenido que defender personalmente a trabajadores migrantes. Capataces que le dicen "no quiero donkeys", que exigen que los trabajadores "hablen inglés" cuando lo que en realidad piden es que no sean latinoamericanos ni asiáticos.
Tuvo que ir dos veces a pie de obra a intervenir.
¿No entienden que la persona que mueve tus ladrillos puede ser un ingeniero o un abogado en su país?.Ricardo Ramírez, cofundador de Latinx Australia
La escuela, la asignatura más pendiente
Los tres coinciden en algo que trasciende el debate sobre el Harmony Day: el currículum escolar australiano no incluye educación sobre diversidad ni discriminación.
Las consecuencias son especialmente visibles fuera de las grandes ciudades. Sandra Morales describe la situación en Central Coast, la costa central de Nueva Gales del Sur, donde familias migrantes comenzaron a llegar durante la pandemia, atraídas por precios más asequibles que los de Sídney.
“Los niños llegaban a casa llorando, le decían a sus madres que no se sentían identificados, que no les entendían el acento”, relata. "Que esto dependa de que organizaciones como la nuestra vayan a los colegios no es suficiente", subraya. "Tiene que estar en el currículum".

Necesidad de empatía
Respecto a posibles soluciones o iniciativas que ayuden a crear una sociedad más cohesiva, Ramírez apuesta por un gesto cotidiano y concreto: buscar y conversar con alguien que haya pasado por un proceso migratorio o haya vivido discriminación. "La empatía es lo que cambia el mundo", dice.
Morales va en la misma dirección, pero con un foco más amplio.
Entender que todos somos migrantes en tierra aborigen y, más allá de eso, que todos somos seres humanos.Sandra Morales, fundadora y directora artística de Heart Dancers
"Ahí cambiaría la forma en que ves al otro", apunta Morales.
La Dra. Alarcón insiste en la necesidad de reforzar el sentido de pertenencia, además de cuestionar los prejuicios y tener estas conversaciones en familia, y sobre todo asumir que los migrantes no solo aportan sus colores y su cultura.
"Nosotros como migrantes somos parte de Australia", explica. "También estamos construyendo este país. Eso invitaría a sentirnos australianos también".









